2021: “No tengo sueños, tengo planes. No tengo enemigos, tengo fans”.
2024: “Poco a poco me convertí en mi peor enemigo, buscándome en un cascarón vacío”.
2026: “No pagues más por verme mentir”.
Leídas como una secuencia, estas tres líneas podrían formar una versión inspirada en Buenos Aires de la obra de F. Scott Fitzgerald. El gran Gatsby (1925): la tragedia del hombre hecho a sí mismo que queda atrapado por la identidad que construyó para salvarse. Post mortem (2021) fue la coronación de un chico de 20 años que, junto con su sello Bohemian Groove, se convirtió en una estrella de rock abrasiva. Hoy en día, esa persona ya no sale a buscar víctimas: se alimenta de su creador.
La Nueva Violencialanzado el miércoles (12 de agosto) bajo su propio sello independiente Bohemian Groove, es autodevorador y se refleja en 13 pistas y una nota de voz de su padre. En él, Dillom cuestiona los males de la sociedad contemporánea, contra los que nunca podrá demostrar plenamente su inocencia.
“Tengo ganas de decirle al mundo entero que se vaya a la mierda… Pero no voy a decirlo.†Así arrancó Dylan León Masa (su nombre real) esta entrevista de portada con cartelera argentina. Han pasado tres días desde la final de la Copa del Mundo, pero el mundo digital todavía está lleno de una fila interminable de personas que esperan ansiosamente su turno para enojarse con Argentina con una especie de furia nerviosa. Una vez más, las redes sociales han activado su función punitiva, destacando la rapidez con la que las personas señalan los defectos de los demás evitando cualquier autorreflexión. “En cierto modo acerté en el momento del álbum”, señala. Mientras tanto, el momento presente sólo amplifica el significado detrás de su título.
Las pruebas lo señalan, aunque la responsabilidad es de todos. El sistema lo juzga, lo consume y luego exige otra temporada. Ha pasado un tiempo desde que ha sido “parte de la gente común” (como canta en “Gente Común”), y las entradas agotadas en el Estadio de Vélez (Estadio José Amalfitani) el pasado 20 de diciembre sólo solidificaron esa distancia. El espectáculo promete una película más cautivadora que la trama misma. Entre un adelanto impecable y otro momento viral en línea, la pobreza, las guerras y la miseria cotidiana de la vida nos recuerdan que todavía hay partes de la realidad que no se pueden convertir en una campaña. Lucha con deseos a los que su conciencia se opone, pero cuando llega el momento de actuar, acaba bailando en la misma obra.
“Soy parte del sistema y también una víctima que queda atrapada en él”, admite, mientras una sonrisa distorsiona ligeramente el tatuaje de la caja de jugo en su mejilla izquierda. “Es imposible no serlo, porque lo disfrutas”, dice.
Cuando piensa en sus mayores enemigos, su propio nombre figura entre los cinco primeros. El punto de ruptura llega cuando Dylan, Dillom y las identidades intermedias pierden la distancia que alguna vez les permitió ver la realidad como algo externo. Su intenso viaje por la cadencia de Buenos Aires, desde su ciudad natal de Colegiales hasta Villa 31, donde se inició como productor, le dio una temprana conciencia de la diversidad social. Esta experiencia se entrelazó con una historia familiar que el artista ha compartido abiertamente en varias entrevistas y de la que continúa basándose en sus escritos, como se ve en “OPA”, su primer gran éxito. La fama, por su parte, sólo hizo más evidentes sus contradicciones.
“Soy alguien que está muy en paz con mis contradicciones, así que puedo expresarlas”, dice ahora, a sus 25 años. “De hecho, realmente me fascinan como fuente de inspiración”.
De esa inquietud surgió La Nueva Violencia (o La Nueva Violencia). —Empecé a sentirme mareado por el presente. Yo pensaba: ‘Hombre, todo está tan desordenado que esto no puede ser real’”. La exposición constante a videos de guerras, drones, propaganda y “un montón de información de mala calidad” comenzó a sentirse como una forma de asedio. “La tecnología ha cambiado los mecanismos de persuasión. Empecé a encontrarlo horripilante y súper interesante al mismo tiempo”, explica el artista. Sin embargo, su crítica no proviene de un lugar de superioridad moral sobre lo que cuestiona. “No me gusta la hipocresía ni la superioridad moral que la gente utiliza para atacar estos temas”.

Andrés Capasso
Resistiendo toda tentación de conformarse, Dillom una vez más se distancia de los mecanismos comerciales de la industria musical para hablar de lo que está pasando. Por ejemplo, ninguno de los colaboradores figura en la lista de canciones, ni siquiera St. Vincent, Sebastian Murphy de Viagra Boys, Declan Mehrtens de Amyl and the Sniffers, Miranda!, Juana Aguirre, Juana Rozas, Babeblade o Terra (también hay una colaboración oculta de la que nadie puede hablar). La portada del álbum, diseñada por su socio visual Noduermo (Andrés Capasso), une el concepto: Dentro de una casa de juguete, miniatura muñecas y una corista de plástico muestran signos de un mundo prematuramente adulto, mientras un pequeño Dylan observa a través de la ventana, contemplando su posible destino.
Con un lirismo agudo, absurdo y controvertido, Dillom elaboró un álbum que resalta los vicios que el hogar promedio traga entre las noticias de la mañana y un teléfono apoyado sobre una almohada. Y, por supuesto, no deja de lado su propia sala de estar: mujeres, drogas, sexo y esa masculinidad del rock and roll tan a menudo vendida como rebelión. Agrega “Mercado Pete”, un juego de palabras con carga sexual que hace referencia a Mercado Pago, la popular plataforma de pago de Argentina, ataca a “los idiotas de Gran Hermano” e imagina una especie de Shazam para identificar a las mujeres como si fueran canciones, bromeando diciendo que planea patentarlo.
Puede pasar al romance en “Souvenir”, diciéndole a una chica que todavía tienen planes que hacer juntos, “como ir a un motel en General Paz”, o engreírse en “Cocodrilo” con una frase como “Soy la estrella de mi propio escenario”. Después de abrazar un credo inspirado en Daft Punk en “Nadie coge gratis(“Nadie folla gratis”), entrando al “baño bisexual” y saludando a todos con un casual “hola, qué tal†(“hola, ¿cómo estás†), admite que está empezando a acostumbrarse a las resacas.
El lugar elegido para la primera escucha fue Panda, el legendario estudio donde se grabaron álbumes icónicos como Oct. (1986) by Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota and Yendo de la Cama al Living (1982) de Charly García. A diferencia de su álbum anterior, Por Cesárea (2024), Dillom ya no delega el conflicto a una construcción ficticia. Hablando ante un pequeño grupo de periodistas, el artista rápidamente descartó cualquier noción de narrativa cohesiva: este no era un álbum conceptual. Lo que se canta y quién canta comparten la misma herida. El inadaptado, la víctima, la estrella, el maniquí y el estafador compiten por la voz; sin embargo, ninguno de ellos lo reclama plenamente como propio.
Más que personajes autónomos, son posiciones transicionales de una conciencia que cambia de máscaras para narrarse a sí misma. “Quería matar mi ‘yo’, mi personaje”, enfatiza. Este enfoque implica también desmantelar la firma como garantía de significado: “En mi primer álbum, me presenté como Dillom. Aquí, es simplemente una voz que te habla. Podría ser una voz en tu cabeza o diferentes voces de diferentes personas”. Al alejarse del centro, explica, se abrió a hablar desde una experiencia más compartida, menos atada a la tiranía del ego. Pero la fama impone su propia sintaxis: haga lo que haga, su nombre siempre encabezará la frase.
El giro hacia una narrativa autorreferencial marca el mayor cambio conceptual del álbum, mientras que la verdadera innovación radica en su enfoque del sonido. El primer punto de referencia auditivo fue el de Charli xcx. Palo de golf (2024). Hijo de la “punkdemia” y siempre atento a las mutaciones del presente, Dillom vio en esos salmos sintéticos una forma de capturar una era que se precipitaba a toda velocidad hacia sí misma. “Me quedé realmente impresionado por todo [around] “El movimiento, el marketing, el lanzamiento y el éxito”, dice. “Luego escuché el álbum y me gustó. No es mi disco favorito, pero lo encontré súper interesante y me pareció muy actual”.
La música crece a medida que la persona se desmorona: “La frialdad de esta ultramodernidad se expresó en términos súper digitales, pero de una manera que te hacía querer bailar; parecía un buen punto de partida. Pensé: “¿Qué pasa si me inclino más hacia eso? Aquí hay un nuevo horizonte que puedo abrir, y tiene mucho sentido para lo que quiero decir”, explica. Y agrega: “Me gusta escuchar arte que me dice algo. Especialmente ahora, en una época en la que se necesitan respuestas o, si no respuestas, porque tal vez nadie las tenga, solo la sensación de no estar solo”.

Desde los primeros momentos, las ardientes pistas “LNV” y “Vedette” dejan inconfundiblemente clara la febril superposición de texturas. La Nueva Violencia crea una cumbre de caos, mezclando post-punk, rock ‘n’ roll, electroclash y acid house. La composición y producción, encabezada por Dillom junto a Bernardo Ferrón, Coghlan, Fermín Ugarte, Franco Dolzani y Samuel Shea, con Santiago de Simone como ingeniero de mezcla, combinan sintetizadores atronadores, voces autoajustadas, cambios tonales abruptos y texturas artificiales.
En ciertos momentos, el álbum canaliza influencias como Dorian Electra, Slayyyter y Shygirl, con el espíritu de Ian Dury persistente en la mezcla. Sin embargo, los ritmos electrónicos pronto chocan con paredes de guitarras distorsionadas, baterías tensas, líneas de bajo distorsionadas por la borrachera y grabaciones accidentales. El resultado es un flujo psicodélico, entumecedor y brutal: una bomba de anestesia de alta velocidad. “No es como si estuvieras escuchando a Hernán Cattáneo, para que quede claro”, señala Dillom con una sonrisa.
Dicho esto, el resurgimiento del pop también ha llegado a la escena musical argentina, con artistas que podrían haberlo rechazado hace años debido a su asociación con el atractivo masivo y el comercialismo que ahora lo adoptan. Su recurrencia en tiempos de crisis parece menos una tendencia pasajera y más un medio histórico de procesar culturalmente el presente. En este contexto, Dillom pide “una contracultura” y considera que el entorno actual está maduro para algo parecido al nacimiento del post-punk. “Todo está listo para que surja un nuevo movimiento como ese, y sería más que bienvenido. Espero que suceda. Estoy aquí, por si hace falta alguno. Todos queremos que suceda algo así. Estamos en un punto de quiebre: algo tiene que ceder, aunque no sé en qué dirección”.
Habla de la escena y, con un toque de ironía, apunta a una generación de artistas enfocados en “posar”. “Hay algo que realmente no me gusta de esta nueva ola de artistas: la cara de mal humor. Esa cara de mal humor realmente me molesta”, dice. Y añade: “Me molesta en la gente en general, pero más en los artistas. Los ves a todos súper serios y no se les escapa ni una risa”. Continúa: “Hoy en día, es muy difícil encontrar situaciones en las que no se ven los hilos detrás de una actuación, donde algo se siente genuinamente auténtico”.
En sus momentos más divertidos, La Nueva Violencia encuentra a Dillom como un comediante puro: desde el anuncio en “Superdiversion” (“Superdiversión”)Estoy a punto de envejecer/ disfrútenme, quiero estar con todas a la vez†) (o “Estoy a punto de envejecer/ Disfrútenme, quiero estar con todos al mismo tiempo†) hasta la nota de voz final de su padre, quien, tras ver uno de sus programas en televisión, lo compara con “un Elvis Presley a punto de morir”. Su padre sólo se enterará de su inclusión el día del lanzamiento. El artista, sin embargo, afirma que su aumento de peso fue intencional: quería estar gordo porque siempre lo encontró divertido y porque muchos de sus artistas favoritos son “un poco deformes”.
Esa devoción por la imperfección también se filtra en las propias grabaciones. El álbum fue hecho entre amigos y guarda las evidencias: risas, accidentes y chistes que nadie se molestó en traducir para el público. “Muchas de las pistas son bromas. Todo el álbum es básicamente una broma interna que tal vez nadie jamás entenderá”, dice Dillom. “Esta es la primera vez que dejo tomas vocales en un disco sin volver a grabarlas”, señala. La producción preserva errores, comentarios, toses y fragmentos que originalmente fueron pensados como marcadores de posición, capturando una espontaneidad que no podría replicarse en otra toma.

Andrés Capasso
El álbum se grabó durante dos semanas en una casa suburbana de 1860 reconvertida como estudio. Como las canciones ya estaban terminadas y los demos eran casi idénticos a las versiones finales, la mayor parte del tiempo lo pasamos experimentando con equipos, instrumentos y texturas. De hecho, la propia casa pasó a formar parte del sonido del álbum. Las características únicas de cada habitación (sus ecos y resonancias) se capturaron en cada pista. Se compartió un vistazo de este proceso creativo en una transmisión en vivo de cinco días en su canal de YouTube, lo que generó expectación entre sus fanáticos antes del lanzamiento.
El grupo estableció algunas reglas básicas para la convivencia. Antes de que comenzara la grabación, todos borraron sus cuentas de redes sociales y acordaron no usar sus teléfonos. También tenían que asistir a las sesiones vestidos de traje para darle “más aura” al proceso. “Sentí que era muy importante lograr un desapego total. Fue un experimento bastante loco pasar 15 días sin nada. Puede parecer una tontería, pero empezamos a perder un poco el control”, admite. Y añade: “Pasamos 12 horas al día haciendo música. Fue completamente agotador y psicodélico”.
Para pasar el tiempo, había libros, revistas porno –“porque tienes tus necesidades”, bromea– y, cuando no quedaba nada más, el cielo. “En los últimos días estábamos destrozados”, admite. “Desbloqueé una habilidad realmente genial: colocaba una pequeña silla en el césped, miraba al cielo y entraba en trance. Podría sentarme allí durante una hora y media pensando. Luego regresaba y preguntaba: “¿Cuánto tiempo estuve allí?”. —Una hora.
Todo el proceso fue documentado mediante un sistema de vigilancia de circuito cerrado sin grabación sonora. Dillom explica que, después de aproximadamente media hora, el grupo dejó de notar las cámaras y siguió con su trabajo con naturalidad. El metraje captura el proceso sin idealizarlo. Muestra músicos en el baño, gente bebiendo cerveza, discusiones menores y largos tramos en los que no sucede nada especialmente importante. “Escuchas una canción que amas y la consideras algo sagrado”, dice. “Como si estuvieras viendo la grabación de Frank Sinatra o alguien pintando la Mona Lisa. Pero en realidad, probablemente estés afuera tomando una cerveza”. Si bien la filmación corre el riesgo de erosionar el mito de la obra, también desmantela la noción de que un artista siempre se encuentra en un estado elevado de arte.
Durante la residencia surgió la idea de una “memoria futura”: vivir un momento con la certeza de que algún día ocupará un lugar especial en tu mente. Dillom admite que, si bien tiende a olvidar muchas cosas, sabía que esas dos semanas se quedarían con él para siempre. “Amigos”, el tema final del álbum (una versión cruda del cual interpretó durante su show en Vélez), captura ese sentimiento a la perfección: “Si me siento solo, tengo mi copiloto / Un compañero en momentos inmortales que siempre recordaré”. La canción cierra el álbum con una nota íntima, contrastando con la sobreestimulación que domina el resto del disco. “El noventa por ciento de lo que hago, lo hago para hacer reír a mis amigos, y son sólo cuatro idiotas”, dice con una sonrisa. “Es mi cable a tierra en este mundo frío e infernal. Esas son las cosas que realmente importan”.
Regresar a la ciudad rompe el hechizo. En su teléfono, le esperan 15 días de guerras, propaganda, escándalos, memes y debates, ya obsoletos, pero aún exigiendo una opinión. Dylan regresa a Dillom; Dillom consume a Dylan una vez más, y la estrella regresa al escenario como si nunca se hubiera ido.
Antes de concluir, hay una última pregunta: “¿Crees que eres una víctima o un perpetrador?”
—Ambas cosas —responde—. “Pero más bien una víctima”.
Dillom sonríe y el tatuaje de la caja de jugo en su mejilla vuelve a cambiar. Afuera, la gente común compra sus boletos. Y ahora: bienvenido a La Nueva Violencia.

Andrés Capasso
Esta entrevista fue publicada originalmente por Billboard Argentina.








