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La argentina RIGI apuesta por el petróleo, el cobre, el código y las concesiones largas

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El régimen de inversión emblemático de Argentina ha atraído casi 199 mil millones de dólares en proyectos propuestos. Aún así, la mayor parte del dinero fluye hacia el petróleo, el gas, el litio y el cobre, agudizando una discusión nacional sobre empleos, dólares, protección ambiental y quién controla el futuro económico estratégico del país.

La promesa escrita en treinta años

En la meseta patagónica, la promesa se puede escuchar en compresores, camiones y plataformas de perforación. En los altos Andes, aparece como caminos que se abren hacia depósitos de cobre y litio. En Buenos Aires, llega como una cifra lo suficientemente grande como para sugerir un rescate nacional: 198.979 millones de dólares en inversión propuesta.

Ese es el total de 44 proyectos que buscan ingresar al Régimen de Incentivos a las Grandes Inversiones de Argentina, conocido como RIGI. Creado en 2024 a instancias del gobierno del presidente Javier Milei, el programa ofrece ventajas fiscales, aduaneras y cambiarias con una duración de 30 años a empresas que inviertan más de 200 millones de dólares en sectores estratégicos.

El gobierno ha admitido 21 proyectos que representan compromisos por valor de 46.708 millones de dólares. Doce son empresas mineras, cinco involucran petróleo y gas, y cuatro cubren energía, infraestructura y acero. Otros 23 proyectos, valorados en 152.271 millones de dólares, siguen bajo evaluación. Trece se refieren a hidrocarburos y siete a minería, según cifras oficiales citadas por el Observatorio RIGI y reseñadas por EFE.

Los números requieren traducción. Alrededor del 48 por ciento de los proyectos presentados han sido aprobados, lo que representa menos de una cuarta parte del dinero propuesto. Las solicitudes no son pozos productores ni salarios depositados en las cuentas de los trabajadores. Siguen dependiendo de los permisos, la financiación, la construcción, los precios de las materias primas y la estabilidad política.

La concentración, sin embargo, es inconfundible. Diecisiete de los 21 proyectos aprobados, alrededor del 81 por ciento, pertenecen a minería o hidrocarburos. Entre los evaluados, 20 de 23 pertenecen a los mismos sectores. El Observatorio afirmó en conclusiones recogidas por EFE que RIGI ha “consolidado un perfil fuertemente extractivo” sin expandir significativamente el turismo, la silvicultura o las energías renovables.

Esa crítica llega a una vieja cuestión latinoamericana. ¿Exportar más materia prima es el comienzo del desarrollo o es otro ciclo en el que el territorio produce riqueza que se acumula en otros lugares?

La argentina RIGI apuesta por el petróleo, el cobre, el código y las concesiones largas
Fotografía proporcionada por Vista Energy que muestra la formación de esquisto Vaca Muerta en la provincia de Neuquén, Argentina. EFE/Vista Energía

Vaca Muerta Takes the Center

El gobierno de Milei respondió con más contundencia en febrero. Un decreto agregó la exploración y producción de hidrocarburos a RIGI, extendió las solicitudes hasta julio de 2027 y flexibilizó las condiciones para ampliar los proyectos aprobados. Luego aumentaron las presentaciones, en gran parte debido a iniciativas vinculadas a Vaca Muerta.

La gigantesca formación no convencional del suroeste argentino ya contaba con inversiones, producción, exportaciones, oleoductos, proveedores y años de promoción estatal récord. La ampliación de incentivos excepcionales no despertó a un sector olvidado. Dio más apoyo a la fuente más clara de dólares a corto plazo del país.

Precisamente por eso sus defensores lo defienden. La escasez crónica de divisas en Argentina ha agotado las reservas del Banco Central, desestabilizó el peso, restringió las importaciones y alimentó la inflación. El petróleo, el gas, el cobre y el litio pueden generar ingresos por exportaciones más rápido que las industrias que deben construir mercados desde cero. Desde ese punto de vista, RIGI no es un romance con extracción. Es un triaje económico.

Un proyecto de Tecpetrol de 6.400 millones de dólares en Vaca Muerta ilustra el caso. Su objetivo es producir 70.000 barriles de petróleo diarios y generar más de 3.100 empleos directos, con casi 7.900 empleos en total. Proyectos de esa escala también requieren carreteras, oleoductos, alojamiento, construcción, mantenimiento y proveedores locales. En las ciudades de provincia, el argumento es un sueldo o un contrato, no una abstracción ideológica.

El gobierno también dice que la estabilidad durante 30 años es el precio de la credibilidad. Los proyectos de minería y energía exigen un enorme gasto inicial y pueden tardar una década en volverse rentables. Los inversores recuerdan los repentinos cambios impositivos, los controles cambiarios, las crisis de deuda y los reveses políticos de Argentina.

Sin embargo, la estabilidad para los inversores puede convertirse en rigidez para la democracia. Treinta años se extienden a lo largo de varios mandatos presidenciales, vinculando a los futuros gobiernos a las concesiones negociadas hoy. Los ingresos fiscales sacrificados pueden atraer capital, pero también reducen los recursos para escuelas, hospitales, viviendas y supervisión ambiental. El cálculo real es si la inversión, el empleo, las exportaciones y las cadenas de suministro locales exceden lo que el Estado entrega.

El Observatorio sostiene que la balanza se ha inclinado demasiado. Cita reglas ambientales debilitadas y una reforma de la Ley de Glaciares que permite la actividad minera cerca de campos de hielo, incluidos proyectos que se benefician de RIGI. En los Andes áridos, los glaciares y las zonas periglaciales son reservas de agua para las comunidades, la agricultura, los ecosistemas y la propia industria.

Foto de archivo del presidente argentino Javier Milei. EFE/John Reyes Mejía

En lugar de limitar el régimen, Milei quiere ampliar su lógica. Una propuesta de “súper RIGI”, ahora ante el Congreso, ofrecería beneficios más amplios a las nuevas industrias que inviertan al menos mil millones de dólares. Los objetivos incluyen inteligencia artificial, centros de datos, semiconductores, biotecnología, vehículos eléctricos, fabricación solar y cadenas de baterías de litio.

Los partidarios llaman a esto el puente que los críticos dicen que falta. Argentina podría utilizar petróleo, gas y minerales de transición para estabilizar la economía, financiar infraestructura y atraer industrias de mayor valor. Los recursos naturales se convertirían en una plataforma más que en un destino.

El Observatorio ve en cambio continuidad. Los centros de datos pueden parecer más limpios que las minas, pero consumen enormes cantidades de electricidad y agua. Extenderles privilegios fiscales y regulatorios a largo plazo, sostiene, podría ceder el control sobre la infraestructura digital estratégica y al mismo tiempo profundizar la presión sobre los recursos escasos.

Un centro de datos puede generar inversión técnica y al mismo tiempo emplear a menos personas de lo que sugiere su precio de miles de millones de dólares. Una mina de litio puede abastecer la transición energética global y al mismo tiempo dejar a las comunidades cercanas con estrés hídrico y poca capacidad de procesamiento. Un proyecto petrolero puede fortalecer las reservas y al mismo tiempo aumentar la dependencia de otro ciclo de materias primas.

La verdadera división no es entre inversión y ambientalismo. Está entre dos ideas de apalancamiento. El gobierno cree que Argentina primero debe volverse irresistible para el capital. El Observatorio sostiene que el país debería utilizar sus recursos para exigir mayores retornos públicos, industrialización local, salvaguardias ambientales y control democrático.

Ambas partes reconocen la desesperación que hay detrás de la disputa. Argentina necesita dólares, reglas estables, empleos e infraestructura. También necesita agua, capacidad fiscal e instituciones capaces de gobernar empresas cuyos presupuestos puedan superar los de las provincias.

RIGI puede desbloquear proyectos que de otro modo seguirían siendo presentaciones y mapas. Pero el éxito no puede medirse únicamente por los miles de millones anunciados. La prueba es lo que queda después de que los barcos petroleros, el cobre abandonen las montañas y los servidores comiencen a funcionar: empleos duraderos, ingresos públicos, capacidad tecnológica, comunidades más fuertes y tierras aún capaces de sustentar a las personas que viven en ellas.

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