
El 24 de marzo de 2026 se cumplió el cincuentenario del golpe militar en Argentina. El golpe llevó al poder al Proceso de Reorganización Nacional. La oficina presidencial de Argentina subió un video de 75 minutos a las redes sociales en esta ocasión. El título del video era “Día del Recuerdo por la Justicia y la Verdad Plena”. Presentaba dos testimonios: una joven que había recuperado su identidad robada y un hombre cuyo padre fue secuestrado por un grupo guerrillero de izquierda. La publicación intentaba enviar el mensaje claro de que los desaparecidos de la junta y los muertos de la guerrilla pertenecen a la misma orden moral. El terrorismo de Estado y la violencia insurgente son simétricos, equivalentes e igualmente trágicos. No hay nada excepcional en lo que hicieron los militares.
Así funciona la memoria autoritaria. No con silencio sino con falsa equivalencia. Las sociedades democráticas sometidas a una presión similar deberían tomar nota.
El golpe del 24 de marzo de 1976 depuso a Isabel Perón e impuso el gobierno militar a una junta encabezada por el general Jorge Rafael Videla. Lo que ocurrió después fue sistemático. En todo el país había más de 800 centros de detención secretos. La comisión de la verdad de la CONADEP, creada tras el retorno de la democracia en 1983, registró 8.961 desaparecidos. Las organizaciones de derechos humanos acercan la cifra a 30.000, teniendo en cuenta el subregistro, las ejecuciones secretas y la negativa de las Fuerzas Armadas durante décadas a abrir sus archivos. Alrededor de 250.000 personas se refugiaron en el exilio. Hay malas noticias de 500 niños que nacieron en cautiverio o secuestrados junto con sus padres, y fueron adoptados ilegalmente con su identidad borrada por orden judicial. Las Abuelas de Plaza de Mayo han recuperado 140 de ellos. Más de 300 de ellos siguen desaparecidos.
El régimen también tenía una lógica económica. Como resultado de su reestructuración de libre mercado, produjo 45 mil millones de dólares en deuda externa. Antes de 1976, el desempleo era del 3,6 por ciento; los salarios industriales representaban la mitad de la masa salarial del país. Ambos fueron desmantelados por la reorganización militar. Hoy en día, casi el 40 por ciento de la población argentina vive por debajo del umbral de pobreza. El terror de Estado y el despojo estructural no son una historia aparte.
Después de 1983, Argentina constituyó la CONADEP. Fue la primera comisión de la verdad del mundo en emitir un informe final público de la comisión de la verdad. En 1985 Videla fue condenado junto con otros cuatro comandantes. Para 2026, 1.208 personas serán condenadas tras más de 350 juicios. El principio detrás de estos senderos es que se debe tomar en cuenta la violencia estatal.
Ese principio está hoy bajo ataque directo. Desde 2023, Javier Milei redujo la Secretaría Nacional de Derechos Humanos a una subsecretaría con una reducción cercana al 60% de empleados. Se ha reducido el apoyo a los testigos en los juicios en curso. Se ha suspendido la grabación de audiencias. En 2025, el 84 por ciento de las personas bajo arresto domiciliario por crímenes contra la humanidad (425 personas, de 504 personas). En las Naciones Unidas, su gobierno calificó oficialmente la cifra de 30.000 como falsa.
El sociólogo argentino Daniel Feierstein ofrece aquí un marco útil. Su razonamiento es que el genocidio no concluye con el asesinato. Tiene una segunda fase: el intento de reorganización de la memoria colectiva, el desmantelamiento de los vínculos sociales que permiten responsabilizarnos. La destrucción física sigue primero. Sigue la destrucción, la destrucción simbólica. La campaña de “memoria completa” de Milei no se trata de agregar matices a la historia. Se trata de derribar la infraestructura institucional que sustenta la legibilidad jurídica y moral de la primera fase.
El trabajo comparativo de Federico Finchelstein sobre el populismo de derecha revela cómo funciona esto. Los gobiernos de extrema derecha contemporáneos tienden a no negar las atrocidades manifiestas. Los replantean. La verdad es un artefacto en disputa, fabricado por oponentes. Lo que era terrorismo de Estado sistemático se convierte en una de las caras de un conflicto bilateral. El lenguaje operativo pasa de la rendición de cuentas al equilibrio. Suena razonable. Incapacita a las víctimas como reclamantes legítimos del Estado.
Lo que está en juego expone la experiencia latinoamericana descubierta por Elizabeth Jelin, cuyos escritos capturaron la política de la memoria de más de cuatro décadas. Mostró luchas sobre la memoria para decidir quiénes son los reclamantes válidos de las instituciones democráticas. Cuando las Madres de Plaza de Mayo marchan portando fotografías de desaparecidos, no lo hacen sin pena. Señalan que el Estado sigue siendo responsable. Decenas de miles se unieron a ellos en su marcha el 24 de marzo bajo el lema ¡Nunca Más! La batalla por cuya memoria se reconoce es una batalla por cuyas muertes es deber del Estado tener en cuenta.
Este no es sólo el problema de Argentina. La sociología de la erosión democrática, desarrollada por analistas desde Steven Levitsky hasta Anna Grzymala-Busse, muestra un patrón que se repite de un contexto a otro. Las instituciones no se derrumban instantáneamente. Están vaciados desde dentro: reducción de personal en los órganos de derechos humanos, cambios de jueces, desgaste legal de la sociedad civil, gestión selectiva de archivos, cambio de currículos. La estructura formal de la democracia existe mucho después de que se haya agotado su sustancia. Las minorías descubren que las leyes tienen una nueva ventaja. La supervisión se ralentiza o se detiene. Nada de esto requiere un golpe de estado. Ese es el punto.
Las instituciones democráticas de la India no se habían construido fácilmente. Su credibilidad se basa en décadas de trabajo cuestionado, una prensa relativamente libre, comisiones estatutarias y el derecho a disentir. Estas no son características embellecedoras. Son portadores de carga. Lo que el cincuentenario de Argentina deja en evidencia es la rapidez con la que se pueden desmontar los elementos de soporte, uno a la vez, mientras se mantiene en pie la fachada.
A las 3:21 am se anunció el golpe de Estado en Argentina por la radio nacional. Lo que siguió tomó una generación para pronunciar un nombre y otra para procesarlo. Cincuenta años después, ese trabajo se está deshaciendo en serio. La lección no es que la historia se repita. La moraleja de la lección es que las condiciones responsables de la posibilidad de repetición son estúpidamente normales, institucionales y perfectamente familiares. Nunca Más nunca se trató únicamente de Argentina.
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Himadri Sekhar Mistri es investigador en Sociología de JNU, Nueva Delhi y trabaja sobre movimientos sociales y violencia política.





