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Las Malvinas: La herida abierta que une a los argentinos

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La alegría colectiva argentina tras ganar el Mundial de Qatar 2022 se transmitió con una banda sonora que comenzaba así: “En Argentina nací, tierra de Diego y Lionel, de los muchachos de las Malvinas que nunca olvidaré”. Cuatro años después, en el intento por ganar una cuarta estrella en el torneo celebrado en Estados Unidos, México y Canadá, Messi, Maradona y las islas volvieron a compartir versos en un nuevo himno del fútbol argentino: “Por la Malvinas, por Diego, por el último de Leo, Argentina, te quiero ver bicampeón”.

En Argentina, el fútbol y la nacionalidad van de la mano. No hay aquí causa nacionalista más grande ni más popular que recuperar las islas que han sido territorio británico de ultramar desde 1833. Las Malvinas, conocidas en Argentina como Las Malvinas, despiertan una mezcla de orgullo, dolor y pertenencia, pero también crean un consenso que las convierte en un recurso político fácilmente disponible para desviar la atención cuando la realidad se vuelve incómoda, como acaba de hacer Javier Milei.

¿Por qué las Malvinas ocupan un lugar central en el imaginario argentino? Algunos investigadores dicen que hay que remontarse a la narrativa fundacional de Argentina y su destino frustrado: la historia que recuerda con nostalgia que el país alguna vez fue poderoso y próspero y luego dejó de serlo.

“Cuando Argentina se emancipó de España, las Malvinas eran parte de ella y luego nos las robaron, y eso se relaciona con el trauma de Argentina, con lo que podría ser y lo que no es”, dice la politóloga Mariana Altieri, autora del libro. Malvinas y Gibraltar, conflictos atrincherados (Las Malvinas y Gibraltar: conflictos de larga data). Recuerda que desde el inicio de la ocupación británica los sucesivos gobiernos y grandes figuras literarias como José Hernández, autor de Martín Fierroexigió la soberanía argentina sobre las islas. “Esos derechos nunca caducan”, escribió Hernández en 1869.

Las Malvinas: La herida abierta que une a los argentinos

“Cuanto más se aleja la idea de recuperarlos, más crece la lógica de la venganza”, continúa Altieri, señalando que el fútbol ha sido uno de los escenarios donde esa venganza ha sido posible simbólicamente. El caso más recordado se produjo en 1986, sólo cuatro años después de la Guerra de las Malvinas, cuando Diego Armando Maradona anotó un gol con la mano y otro después de driblar a cinco jugadores ingleses y al portero en lo que se denominó “el gol del siglo”. El último encuentro, en 2026, en la semifinal de la Copa del Mundo, contó con su heredero, Lionel Messi, como capitán de la Albiceleste en una remontada victoria por 2-1. La euforia que saludó el segundo gol frente a todos los televisores de Argentina aumentó al final del partido, cuando algunos jugadores desplegaron sobre la cancha una bandera casera que decía “Las Malvinas son argentinas”. A nadie le importó la esperada sanción de la FIFA.

La antropóloga Rosana Guber, una de las principales especialistas del país en la Guerra de las Malvinas, dice que era “obvio” que habría algún reclamo político durante el partido. “Los jugadores fueron un canal. El protagonista fue un chico del hotel que cogió una sábana y pintó en ella el lema. Él no era nadie. O él era todos. Porque lo que hizo fue gritar que vencimos a los británicos, que tenemos derechos sobre las islas y que debemos ser reconocidos”, dice Guber.

Profesor e investigador principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), Guber cree que el sentimiento que provocan las Malvinas en los argentinos se puede entender si se las ve como un símbolo. “Un sÃmbolo como la bandera, el himno nacional o la cruz. Y los símbolos tienen diferentes significados, no sólo uno. Hablan con personas que pueden ocupar posiciones muy diferentes sobre todo. Ese fue el punto al que apeló Milei el otro día, diciendo: “En esto estamos todos juntos”. Como en 1982”, señala.

De todos sus múltiples significados, Guber destaca tres: el pendiente tema de soberanía que Gran Bretaña se niega a negociar con ningún gobierno argentino; la causa popular que reivindica las Malvinas desde gradas de fútbol, ​​desfiles, manifestaciones y cualquier otro escenario; y la guerra de 1982, a la que la dictadura envió miles de reclutas de 19 y 20 años y que provocó la muerte de 649 combatientes argentinos y 255 militares británicos.

Un emblema omnipresente

El historiador Esteban Rodríguez vive en Río Grande, la ciudad más cercana a las Malvinas. Está a menos de 600 kilómetros (370 millas) de distancia, en comparación con los casi 12.800 kilómetros (7.950 millas) que separan las islas de la costa británica. La provincia que incluye Río Grande, la más austral de Argentina, se llama Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, y el contorno de las islas aparece en cada uniforme estudiantil fueguino, en todas las equipaciones de los clubes de fútbol locales y en numerosos murales y placas. El himno provincial es el Marcha de las Malvinas. Los niños lo aprenden desde que ingresan a la escuela: “Detrás de su edredón brumoso / No los olvidaremos / Las Malvinas Argentinas / Reclama el viento y ruge el mar”.

Es fácil entender por qué, dice Rodríguez, porque las Malvinas son parte inseparable de la identidad argentina, especialmente en el sur. “Sentimos las Malvinas como una pérdida y es una pérdida que nos ha quedado grabada a fuego porque la recordamos todo el tiempo”, dice el historiador. Ese sentimiento se profundizó tras la derrota en la guerra declarada por el dictador Leopoldo Fortunato Galtieri.

Río Grande fue la principal ciudad del conflicto. Desde allí despegaron aviones Super Étendard para bombardear barcos británicos. Tras la derrota, cada 1 de abril, víspera del día en que comenzó la guerra, se realiza una vigilia para rendir homenaje a los caídos y mantener viva la memoria. El homenaje continuó a pesar de las políticas de desfalklandización impuestas en los años 1980 y 1990, cuando los veteranos mantuvieron la causa contra corriente. Hoy, a pesar de las bajas temperaturas y el viento helado casi constante, “la vigilia puede reunir hasta 20.000 personas”, dice Rodríguez.

Islas desconocidas

El periodista Nicolàs Cassese acaba de publicar la novela. Puerto Stanley, 1982 y ha viajado tres veces a las Malvinas como reportero del diario en la nacion. Él cree que muchos argentinos saben poco sobre las islas más allá del despojo en 1833 y la guerra un siglo y medio después: “El último resurgimiento del nacionalismo argentino se basa en la triple M -Messi, Maradona y las Malvinas- pero tenemos una enorme cantidad de información sobre los dos primeros y casi nada sobre las Malvinas”, dice Cassese.

Como ejemplo, recuerda que cuando publicó la novela algunos amigos le preguntaron por el título porque no sabían a qué se refería Puerto Stanley y algunos incluso lo asociaron con una conocida marca de termos. Ignoraban que es el nombre que dan los británicos a la ciudad más grande del archipiélago, Port Stanley, conocida en los mapas argentinos como Puerto Argentino. Aunque en las redes sociales lo acusaron de traidor, explica que el pueblo fue fundado en 1845, cuando los británicos ya controlaban las islas, y que los propios argentinos usaron ese nombre durante décadas. También son poco conocidos los fuertes vínculos culturales y comerciales que alguna vez existieron entre las Malvinas, Tierra del Fuego y el extremo sur de Chile. “Las primeras ovejas traídas a Santa Cruz a finales del siglo XIX procedían de las Malvinas”, dice a modo de ejemplo.

Miley Trump

El conocimiento sobre las islas rara vez es de primera mano. Menos del 1% de los argentinos ha visitado las Malvinas. El viaje es muy caro, requiere quedarse al menos una semana y aceptar que le sellen el pasaporte. Sin embargo, son una parte indispensable de la construcción histórica de la identidad nacional. “En el siglo XIX, Argentina era un país nuevo con muchos inmigrantes que hablaban diferentes idiomas, y la educación era crucial para crear una identidad común. Las Malvinas fueron parte de esa narrativa”, dice Cassese. Otros, como Guber, creen que el papel de la escuela fue menor de lo que se suele afirmar, incluso mínimo.

Los expertos hablan de las Malvinas como un símbolo, un lugar de luto y una herida abierta. Pero las islas son también uno de los pocos puntos de unidad en una sociedad dividida en dos. Esa unidad les ha hecho políticamente útiles en numerosas ocasiones. Milei aprovechó un comentario de Donald Trump que insinuaba que Estados Unidos podría revisar su histórica neutralidad en la disputa de soberanía sobre las islas para defender, en la televisión nacional, la afirmación “las Malvinas son argentinas”. En su discurso, que terminó con “viva la patria”, anunció sanciones contra empresas que operan en la zona sin autorización argentina y prometió construir una base militar en el sur.

Dado que una ley de 2011 ya impone esas sanciones y que la construcción de la base anunciada ya había comenzado antes de que él la detuviera, la oposición lo acusó de oportunismo y de “galtierizar” la causa, en referencia al ex dictador. El Centro de Veteranos de La Plata (CECIM) tildó a Milei de hipócrita y criticó su uso de las Malvinas como “salvavidas para ocultar sus miserias”.

Cassese, por el contrario, sostiene que “para Milei abrazar la causa de las Malvinas es todo ganancia” y señala que con ello protege “uno de sus flancos débiles; la acusación de traidor”, ya que ha intentado reformar la ley que limita la propiedad extranjera de tierras.

La política exterior de Argentina respecto de las Malvinas ha oscilado durante décadas entre la confrontación y los intentos de acercamiento. Altieri cree que Milei hasta ahora ha optado por la línea cooperativa, como antes que él Mauricio Macri. En 2025, Milei expresó su apoyo a la autodeterminación de los isleños de las Malvinas: “Esperamos que el pueblo de Malvinas algún día decida votar con los pies por nosotros. Por eso buscamos hacer de Argentina una potencia tal que prefieran ser argentinos”. Por el contrario, su discurso televisado el jueves “fue un giro de 180 grados”, dice Altieri.

Si bien el rumbo económico de Milei divide a la sociedad, “el anuncio de sanciones, de imponer costos a los británicos, genera mucho apoyo; la mayoría está de acuerdo en que eso es lo que hay que hacer”, añade Altieri. En su tercer año en el cargo, Milei acaba de descubrir el poder de una bandera que trasciende la división.

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