Home Argentina El mito de la Argentina blanca todavía da forma a la nación

El mito de la Argentina blanca todavía da forma a la nación

25
0

A finales de marzo, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó una resolución histórica, encabezada por Ghana y respaldada por la Unión Africana y la Comunidad del Caribe (CARICOM), reconociendo la trata transatlántica de esclavos y la esclavitud como el crimen más grave contra la humanidad y pidiendo medidas concretas para lograr reparaciones. Un total de 123 estados miembros respaldaron la iniciativa. La mayoría de las antiguas potencias coloniales europeas se abstuvieron. Sólo tres países votaron en contra: Estados Unidos, Israel y Argentina bajo el presidente Javier Milei.

Si bien una gran mayoría de países reconoció la necesidad de abordar las consecuencias contemporáneas de la esclavitud y el colonialismo, un bloque más pequeño de gobiernos actuó para defender un orden internacional moldeado por esas mismas experiencias. El voto de Argentina definió de qué lado ha elegido estar el actual gobierno. Esa decisión, sin embargo, refleja una profunda continuidad histórica. El rechazo de Argentina a las reparaciones es parte de una tradición patrocinada por el Estado que ha organizado a la nación, desde su independencia, sobre la base de jerarquías raciales específicas. El voto en contra de la resolución de la ONU proyectó en el escenario internacional una arquitectura de poder que ha estructurado la historia argentina desde el siglo XIX.

La formación del Estado argentino estuvo marcada por el proyecto explícito de blanqueamiento demográfico y cultural de sus élites. Su visión enmarcaba la inmigración europea como un vehículo privilegiado de civilización y progreso. Juan Bautista Alberdi, principal artífice intelectual de la Constitución de 1853, la resumió en la frase “gobernar es poblar”. Esta lógica estaba incorporada en el artículo 25 de la Constitución, que ordenaba al Estado promover activamente la inmigración europea. Desde entonces, la cláusula ha sobrevivido a todas las reformas constitucionales. Ni la Constitución social de 1949 ni la reforma democrática de 1994 alteraron el principio que asociaba a Europa con el horizonte deseable de la nación.

Esta arquitectura institucional consolidó una de las narrativas nacionales más duraderas de América Latina: que Argentina es una sociedad blanca y europea. El mito de que los argentinos “descendían de los barcos” moldeó las políticas públicas, el discurso escolar y la producción de conocimientos, mientras que las poblaciones indígenas y afrodescendientes fueron empujadas a los márgenes. El resultado fue una forma distintiva de negación racial. El Estado argentino construyó una identidad nacional que borró y negó a grandes segmentos de su propia población, elevando la blancura a la representación universal de la nación. Incluso hoy, un país compuesto en gran medida por mayorías racializadas sigue siendo descrito institucionalmente como una sociedad europea homogénea.

La eliminación de los afroargentinos es una de las expresiones más claras de este proceso. A principios del siglo XIX, los afrodescendientes constituían aproximadamente un tercio de la población y desempeñaban un papel decisivo en las estructuras económicas, sociales, culturales y militares del país. Sin embargo, el discurso escolar, los censos y la historiografía dominante promovieron la idea de su desaparición natural, transformando una historia de exclusión en inevitabilidad demográfica. Los pueblos indígenas atravesaron un proceso paralelo, retratados como minorías residuales a pesar de su continua relevancia demográfica, territorial y cultural. La negación racial argentina minorizó sistemáticamente a los pueblos indígenas y borró a los afroargentinos de la narrativa nacional.

La actual administración libertaria ha profundizado esta tradición mediante el desmantelamiento de las estructuras estatales destinadas al reconocimiento y la reparación. El cierre del Instituto Nacional Contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI) eliminó uno de los pocos espacios institucionales dedicados a políticas públicas antirracistas: la Comisión de Reconocimiento Histórico de la Comunidad Afroargentina. Esta comisión fue creada para promover medidas de reconocimiento y reparación para una población históricamente excluida de la ciudadanía plena**, y** su importancia se extendió más allá de Argentina. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y su Relatoría Especial sobre Derechos Económicos, Sociales, Culturales y Ambientales (REDESCA) habían identificado su creación como un avance institucional importante. Su desmantelamiento refleja una decisión política de deshacer algunas de las limitadas herramientas institucionales construidas durante décadas de activismo afroargentino.

En las últimas décadas, los gobiernos, monarquías e instituciones occidentales han reconocido cada vez más crímenes históricos a través de gestos simbólicos. Este régimen de reconocimiento simbólico funciona a menudo como una forma de lo que podría llamarse una liturgia del perdón: reconoce la injusticia histórica, condena sus expresiones más extremas, pero deja intacta la arquitectura material que produjo sus beneficios. Las reparaciones alteran esta frontera al trasladar el debate de la memoria a la distribución contemporánea de la riqueza, el poder y la ciudadanía. En este contexto, Javier Milei ha alineado a la Argentina con un bloque político articulado en torno al liderazgo de Donald Trump y Benjamín Netanyahu, que ni siquiera discuten sobre simbolismo. Esta convergencia va más allá de la afinidad diplomática. Refleja una comprensión compartida del orden internacional, en el que la defensa de las jerarquías históricas (raciales, geopolíticas y económicas) desempeña un papel central. No es coincidencia que estos líderes invoquen repetidamente a “Occidente” como una civilización amenazada que debe ser defendida. Dentro de este marco, las demandas de reparaciones por la esclavitud y el colonialismo parecen menos una expansión de la justicia histórica que un desafío a los cimientos simbólicos sobre los que se ha construido la autoridad moral occidental.

La votación de marzo revela una continuidad histórica que se extiende más allá del propio Milei. Mientras la comunidad internacional avanza hacia un nuevo consenso sobre los legados contemporáneos de la esclavitud, el Estado argentino continúa actuando a través de una tradición que equipara a la nación con la blancura y vuelve invisibles a sus mayorías racializadas. Ésta es la lógica más profunda de la negación racial argentina: una forma de poder que continúa hablando en nombre de una Argentina europea que existe mucho más fuertemente en la imaginación del Estado que en la realidad social de su pueblo.

Las opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no reflejan necesariamente la postura editorial de Al Jazeera.