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La realidad suspendida de Venezuela

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En “Cien años de soledad”, Gabriel García Márquez narra la historia del pueblo imaginario de Macondo y su progresiva exposición al mundo moderno. Cada novedad es recibida por los habitantes de Macondo con una mezcla de fascinación y desconcierto. La asombro pronto se convierte en duda; la revelación da paso al desencanto. No porque las innovaciones sean irreales, sino porque su acumulación no produce ni aprendizaje ni transformación duradera.

Algo similar está ocurriendo en Venezuela hoy en día. Cada anuncio de cambio abre una ventana de expectativa que rara vez se traduce en una modificación sustancial de la realidad. Como Macondo antes de cada innovación, Venezuela existe en un estado permanente de asombro y desencanto. La promesa de cambio reemplaza al cambio en sí, vaciándolo eventualmente de significado.

Esta condición no es el resultado de una maldición cultural o de una incapacidad nacional para la modernidad política. Más bien, es el producto de una forma específica de gestionar el tiempo, la expectativa y la frustración. En Venezuela, la innovación dejó de ser hace mucho tiempo un medio para transformar la realidad. Se convirtió en un mecanismo para suspenderla. Cada nuevo proceso, cada ronda de conversaciones, cada reconfiguración del poder reorganiza las emociones colectivas. Pero no reorganiza las relaciones fundamentales que sostienen el sistema. El resultado se posterga sin ser resuelto nunca. La transición se anuncia sin ser permitida.

Esta dinámica a menudo se interpreta como improvisación, debilidad o simplemente ineptitud política. Sin embargo, su persistencia sugiere que la oscilación entre la esperanza y el desencanto no es un accidente sino una técnica. Mantiene a la sociedad en movimiento sin permitirle avanzar. Produce la ilusión del cambio sin asumir el costo del cambio real. Al hacerlo, reduce la presión política inmediata y desplaza el conflicto al ámbito de la espera.

Con el tiempo, esta lógica tiene un efecto corrosivo. La repetición de promesas sin consecuencias erosiona no solo la credibilidad de los actores políticos, sino también la capacidad colectiva de distinguir entre el progreso y la pretensión. Cuando todo parece provisional, nada se consolida. Los ciudadanos aprenden a moderar su entusiasmo, a esperar sin creer plenamente, a desconfiar incluso de las buenas noticias. El desencanto ya no llega como ruptura, sino como confirmación anticipada. Se convierte en un hábito.

En este contexto, la oposición fracasa no solo debido a errores estratégicos o divisiones internas, sino también porque opera dentro de un marco temporal que no controla. Cada intento de movilización queda subordinado al calendario de otra persona. Cada expectativa generada es absorbida por un nuevo aplazamiento. La política deja de ser el arte de producir decisiones. Se convierte en la gestión de la ansiedad colectiva.

El resultado no es una apatía total, sino una forma de participación intermitente: breves picos de entusiasmo seguidos de largos períodos de retraimiento.

En las pocas ocasiones en que la oposición ha logrado influir en cómo opera la política en Venezuela, ha estado cerca de producir la tan esperada ruptura. La estructura centralizada del chavismo, que lo protege de golpes de estado, paradójicamente lo hace vulnerable al coordinar respuestas rápidas a eventos inesperados. El régimen ha demostrado una notable capacidad para imponer dilemas existenciales a sus adversarios al obligarlos a actuar dentro de marcos que no controlan. Sin embargo, su cohesión tiende a fracturarse cuando se enfrenta a tensiones de naturaleza similar.

Esto ayuda a explicar las dificultades que Delcy Rodríguez ha encontrado al consolidar su posición tras la partida de Maduro. Ella heredó una estructura de control en la que ella y su hermano ocupan puestos clave. Sin embargo, la aparente calma del chavismo oculta una intensa vida interna. Intriga, ajuste de cuentas y rumores persistentes yacen bajo la superficie. La confrontación se ha vuelto cada vez más difícil de contener.

La comunidad internacional no ha sido inmune a esta dinámica. También ha oscilado entre momentos de activación y fases de agotamiento, entre declaraciones de urgencia y rutinas diplomáticas que normalizan lo excepcional. Cada nuevo “momento decisivo” promete ser diferente al anterior, pero termina integrándose en una secuencia ya familiar. La expectativa se renueva, el resultado se pospone y el ciclo comienza de nuevo. La atención se convierte en un recurso escaso. La estagnación se convierte en una forma aceptable de estabilidad.

Por un lado, los países de las Américas proclaman cada vez más derechos para sus ciudadanos, muchos de los cuales no están dispuestos a garantizar, o cuyo costo buscan transferir al sector privado, la sociedad civil u organizaciones multilaterales. Por otro lado, la historia de intervenciones y represión en la región sigue siendo un temor latente. Dentro del marco de las relaciones internacionales, la soberanía sigue siendo el eje central de la interacción. Los Estados la guardan celosamente. Cada condena a los regímenes en Cuba, Nicaragua o Venezuela suele ir acompañada de llamamientos familiares al respeto a la soberanía y autodeterminación.

Esto no es una preocupación genuina de que los ciudadanos definan su propio futuro, ya que eso significaría el fin de las dictaduras. Más bien, es un mecanismo a través del cual los Estados se reservan el derecho a intervenir selectivamente, reprimir o perpetuarse en el poder. Con pocas excepciones, los gobiernos protegen primero sus propios intereses, y solo después los de los ciudadanos de la región.

El costo social de esta oscilación es profundo. La emigración masiva no puede entenderse únicamente como respuesta a la crisis económica o humanitaria. También es un retiro silencioso de la espera. Millones de venezolanos no abandonaron el país solo porque la vida se volvió inviable. Se marcharon porque el tiempo dejó de ofrecer un horizonte. Para muchos, emigrar fue la única forma de romper el ciclo, de escapar de una promesa que ya no prometía nada.

El autoritarismo venezolano combina dos pilares de control. Por un lado, está la coerción directa: represión, presos políticos y violencia selectiva. Esto mantiene a raya cualquier desafío inmediato. Por otro lado, está la gestión de la expectativa y la ambigüedad, que prolonga la incertidumbre y dispensa la esperanza en dosis calculadas.

El régimen no elimina la ilusión de cambio. La raciona. Abre vías de escape que rara vez conducen a una transformación real. La coerción física y la manipulación del tiempo político trabajan juntas. Si la oposición cruza ciertos límites y plantea un desafío genuino a la hegemonía del chavismo, el primer pilar siempre permanece como una opción.

El problema de Venezuela, entonces, no es la ausencia de cambio, sino su simulación constante. La política está llena de signos de innovación que no producen innovación alguna. Como en Macondo, la acumulación de eventos no genera memoria ni aprendizaje, sino confusión. Y dentro de esa confusión, la inmovilidad se vuelve estable, no porque no sucede nada, sino porque no sucede nada con consecuencias duraderas.

Romper este ciclo requeriría más que una nueva promesa o un nuevo hito. Significaría restablecer la relación entre expectativa y transformación, entre anuncio y resultado, entre tiempo político y experiencia social. Hasta que eso suceda, Venezuela seguirá atrapada entre la ilusión del cambio y la persistencia de la espera.